El tamaño importa

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Una pizca de sal

Rafael Sanmartín

“Ahora somos más grandes”, decía el pobre hombre (que no era un hombre pobre), cuando la gran caja convertida en Banco devoró a la que había ido creciendo trabajosamente y se llevó su beneficio y los impuestos pagados por sus clientes a otra Comunidad, ya engordada con los beneficios y los impuestos de un negocio redondeado fuera de sus propios límites.

“Ahora somos más grandes”. Vaya tela. No, hijo. Ahora sabemos para qué querían las fusiones. Avisamos a tiempo de sus riesgos, de sus consecuencias, nefastas, sobre todo para las comunidades más pobres. Pero la realidad nos ha superado abrumadoramente. Las fusiones han servido, tal y como decíamos, para eliminar competencia. Para impedir que, ante un mal trato recibido de una entidad, tengas otra a dónde irte. No es grave por los cincuenta céntimos ó los mil euros de saldo. Lo es porque ahora nos tienen a su disposición. A su servicio, en vez de estar ellos al servicio de sus clientes, como sería lógico. Las fusiones han alejado las oficinas y el trato. Han servido para dejar vacías miles de oficinas y en el paro a más miles de trabajadores. En el paro, sí. Y, aunque el Estado supla en gran parte el salario no percibido desde el día del despido, ya no es el trabajo el que aporta un salario, sino los impuestos de todos; una “caja de resistencia”, que no resiste la permanente salida con que acallar voces contra el incontrolable paro, cada vez más oneroso, cada vez más pernicioso. Esos ex-empleados bancarios seguirán cobrando parte de su sueldo, pero, como ocurrió cuando el celebrado cierre de empresas disfrazado con el nombre de “reconversión industrial”, ya no aportan. Pero no sólo eso. Se han perdido esos puestos; para siempre. Por mucho que los inmediatos despedidos sigan cobrando, mientras dure el fondo cada vez más débil, esos son puestos perdidos. “Excedentes” que el monocultivo hispánico del turismo y la construcción es incapaz, absolutamente incapaz de suplir.

Ahora bien: los bancos, los que han sobrevivido, es decir, aquellos para los que se han forzado las fusiones, sí que son más grandes. Ganan más y gastan menos. Han ahorrado locales y personal. Y, para mantenerse en ese exiguo número de trabajadores, aplican sus condiciones: horarios inflexibles, molestias para el cliente, hasta la espera para poder preguntar algo a alguno de sus empleados. “Lo que es bueno para los bancos es bueno para el pueblo de los Estados Unidos”, decía el banquero en la magistral obra de John Ford, “La Diligencia”. Difícil es creer la verdad del aserto, aunque hasta es posible que aquellos bancos fueran respetuosos con su clientela. Los de ahora han creado el oligopolio para ganar e imponer su dictadura.

Para eso han servido las fusiones. Y para mucho más. Para desviar el ahorro de las comunidades pobres a las ricas. Porque las sedes, dónde los bancos invierten (algo) están en las segundas, pero los obligados a mantener una cuenta en alguna de la media docena de entidades supervivientes, están en todas. Han servido para hacer más grandes a aquellos que ya eran grandes. Para obligar a aceptar sus condiciones, por muy ilógicas y draconianas que puedan ser. Han servido para eliminar competencia, que es más fácil ponerse de acuerdo seis que seiscientos.

Los bancos, como la gran industria, marca el “efecto sede”. La sede central precisa más empleados que varias docenas de oficinas, juntas. Cuando una empresa de cualquier tipo, necesita comprar un servicio o un producto, raramente se dirige a proveedores alejados de su domicilio social. Puede verse todos los días. Excepto las acomplejadas de alguna Comunidad “de segunda ó tercera” (sin ánimo de señalar”), los hechos son tozudos e indiscutibles, con raras y contadísimas excepciones, cuando los bancos y grandes empresas precisan de los servicios de imprentas, agencias de publicidad ó de transportes, empresas de asesoramiento laboral, fiscal y de márketing, decoración, proveedores de materias primas o de productos de consumo y cualquier otro producto o servicio que puedan precisar, no lo buscan fuera de su ámbito de influencia. La ciudad donde residen o, a lo sumo, la comarca circundante, son los espacios receptores de esos encargos. Por eso, en torno y a la sombra de los grandes florezcan cientos de pequeñas y medianas. El “efecto sede” las hace nacer, crecer y multiplicarse. Por algo los polígonos industriales de Madrid han reventado la propia geografía madrileña. Por algo las primeras cadenas españolas de supermercados e hipermercados adquieren los productos que llevan su marca en las inmediaciones de la ciudad dónde está su sede, en el 98% de los casos, como puede comprobarse fácilmente; basta con revisar una docena cualquiera de envases de su marca blanca.

No es el único efecto de la sede. Las grandes empresas venden en todo el Estado. Y en todo el Estado generan impuestos en función de la venta que realizan. Pero los ingresan (cuidado: no los pagan, los ha pagado el comprador, ellos sólo los ingresan) en la ciudad dónde está su sede. Todos. Y particularmente el IVA que, en la mayoría de los casos, supone el 21% del total de lo recaudado. Pero da la “casualidad” que Andalucía es la quinta parte de ese Estado. Es decir, que la quinta parte de todos los impuestos que los bancos y grandes empresas ingresan en Madrid, Valencia y Barcelona, como principales ciudades recaudadoras (la última ya menos, pues más de dos mil han ido a engordar los caudales madrileños) está pagado, naturalmente, en Andalucía.

A ver si queda quien tenga suficiente escasez de color en sus mejillas, para volver a decir que ellos “pagan la escuela y la sanidad de los andaluces”, como hizo la Señora Cifuentes sin que el rubor traspasara el maquillaje. De todo esto puede extraerse una clara deducción: las comunidades menos desarrolladas como Andalucía, necesitan industrializarse y atender antes a sus productos y servicios propios, que a los foráneos. Por más atractivos que puedan parecer en apariencia, presentación y publicidad, porque en calidad y precios, muy raramente son capaces de superar a lo autóctono.

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