Arte de lo posible

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Una pizca de sal

Rafael Sanmartín

El “arte de lo posible”, facultad atribuida a la política –será que carece de definición- ni es arte ni posible. Imposible comprender, menos aún aceptar, tanta disparidad, no ya entre distintos grupos, dónde sería comprensible, sino dentro de alguno y, aún más, en un mismo dirigente. Dentro de la incoherente coherencia del egoísmo, por el que se califican los partidos un Sr. Ministro puede acusar a las ONGs de atraer inmigrantes. Sin entrar a la conveniencia o necesidad de acoger –o no- a quienes huyen del hambre o la guerra, el señor no se equivoca: directamente miente, porque intentar salvar vidas o buscar un refugio a seres humanos supervivientes de una larga y peligrosa travesía, no es “efecto llamada”. Posiblemente, fingir un bienestar inexistente, simular un nivel de vida tomado de las clases más altas ó fingir una recuperación ajena a la realidad, sí lo es.

Frente a la incoherencia de fingir, simular, mentir, para mantener su inculto electorado, en vez de la coherencia de trabajar por él, la de, simplemente, tergiversar –la peor de las mentiras- la verdad y ocultarla tras el cúmulo de despropósitos de leyes inconstitucionales colocadas delante de la Constitución. Es la última arquitectura efímera del gobierno de Rajoy, para quien la de Seguridad Ciudadana, o Ley Mordaza, es más importante, está por encima de la Ley de leyes. Cualquier cosa, con tal de encontrar justificación para desautorizar un referéndum de autodeterminación. Pero, por mucho que Rajoy y su banda quieran, la Constitución está por encima de todas las demás leyes. Y no sólo nombra al ejército “garante de la integridad territorial”, único y obsoleto punto aceptable para estos nostálgicos del franquismo. Pero integridad no es sinónimo de unidad. El Título VIII nombra “nacionalidades”. Pues el universal principio de las nacionalidades, les otorga el derecho negado por el nacionalismo español. Y el artículo 10 reconoce la Declaración Universal de Derechos Humanos como parte de la propia Constitución. En cambio, la “integridad territorial” del artículo 8, se refiere a la defensa de la soberanía “nacional” (estatal), puesta en riesgo, no por la defensa de los derechos de las comunidades, sino por tratados internacionales, como la Unión Europea o los de libre comercio. O por debilidad para la defensa, como prueba Gibraltar.

Prometer veinte mil empleos públicos (¿tantos amigos tienen en el paro?) denuncia su incapacidad para fomentar empleo duradero y productivo. Eso debe ser “arte de lo posible”. El “arte de lo posible” se limita a juegos malabares con las palabras, para deformar conceptos y justificar el doble juego de quienes, como Pablo Iglesias, defiende los “derechos” de las nacionalidades, mientras niega el de convocar y realizar un referéndum, principio básico reconocido mundialmente, y en varios títulos de la Constitución. Se está viendo que, para Podemos, ese “arte” es el de encender una vela a Dios y otra al diablo. No deben saber lo peligroso de la contradicción de servir a dos amos.

Ninguna Ley está por delante de la Constitución ni podrá estar nunca. La legalidad no la decide el Gobierno. La deciden las leyes, de arriba abajo y, en último extremo, la interpretan los jueces. Considerar la ley mordaza superior, como han defendido miembros del Ejecutivo, no sólo es un error. No es un error. Es una vulneración flagrante y alevosa de la legalidad. Y peligrosa. Porque cuando un Gobierno se coloca fuera de la Ley, está invitando a todos a la desobediencia activa. No sólo ya a exigir y convocar un referéndum, como figura plenamente legal, sino a negarse a obedecer todas sus órdenes. Porque un Gobierno que ignora y se salta la legalidad, es un Gobierno que a sí mismo, directamente, se está declarando ilegal.

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