Nacionalismos

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Una pizca de sal

Rafael Sanmartín

Hay un nacionalismo valón y otro flamenco. Y un nacionalismo belga. Un nacionalismo tolosano, o de languedoc y un nacionalismo bretón y otro corso. Y un nacionalismo francés. Uno croata, y uno esloveno y uno bosnio. Y un nacionalismo serbio. Y un nacionalismo timorense, y uno texano. Y sobre todo hay un nacionalismo indonesio y un nacionalismo estadounidense. Pero ¡qué casualidad!, ni el valón, ni el flamenco, ni el tolosano, ni el bretón, ni el corso, ni el croata, ni el esloveno, ni el bosnio, ni el timorense ni el texano, son opresores. Son liberadores. Los demás, los estatales, no pueden decir lo mismo. Porque lo estados son, en definición joseantoniana “unidades de destino en lo universal”. Más que definición, defineción muy de corte político, para no decir nada, para no aclarar nada. Porque, a ver si nos enteramos, una cosa es la Nación y otra el Estado, conceptos, formas, raramente coincidentes. Porque el nacionalismo nace, se forma, se hace, de lo común: de aquello que los pueblos tienen en común: historia, carácter, conformación histórica, todo en función de un recorrido singular, que lo ha ido formando y que se llama Cultura.

Las naciones son entes culturales. Son culturas. Los estados, casi siempre supranacionales, engloban en sí varias culturas; tantas como naciones. En sí mismo no es malo. Ni bueno. ES. Simplemente. El problema empieza y se mantiene, cuando el Estado, carente de cultura propia, se apropia la de una parte –la de una nación-, la vampiriza y pretende desposeer de ella a sus legítimos propietarios, a sus hacedores, a la colectividad que la ha creado. Para el Estado es necesario contar con una cultura, y simular que es propia. Y desposeer de ella a sus creadores, porque así le dan la vuelta, para hacerles creer que la deben al Estado. Es la mejor forma de mantener atados a los miembros de ese colectivo –Región, Comunidad, Länder, Estado ó como se llame en cada caso (en el nuestro Andalucía)- previamente desposeídos.

Hay muchas naciones y muchos nacionalismos. Tantos como naciones. Esa es la riqueza cultural de cada una. Eso es lo que las singulariza y las distingue de las demás, de todas y cada una de las demás. Las hay de derechas y de izquierdas (cada vez menos, es justo reconocerlo); las hay egoístas y desprendidas; movidas por la voracidad económica o por la necesidad objetiva. Pero todas tienen un punto en común: el deseo, la necesidad, la lucha por su liberación. Los nacionalismos de los estados también tienen algo en común entre ellos: el deseo egoísta, casi siempre imperialista, de mantener sometidos, bajo la máscara de “unidad”, a todos los pueblos, a todas las culturas, a las diferentes etnias y formas de enfrentar la existencia que han ido cayendo bajo los cascos de sus caballos. Por eso es conveniente lo que, al mismo tiempo, puede ser peligroso. Es conveniente, más aún, necesario, el apoyo mutuo de los nacionalistas, dentro del respeto a sus diferencias. Porque, recuérdese: la cultura no enfrenta a los pueblos. Las culturas pueden ser diferentes, Son diferentes, por eso mismo son complementarias. Las culturas ayudan a la convivencia. Lo único que enfrenta a los pueblos, lo que ha provocado todas las guerras habidas, es la economía. El afán de poseer las riquezas de otros. Desde el principio de la historia ha sido una constante “la bajada del hombre de la montaña al valle” (Del autor: Historia de Andalucía para jóvenes; Editorial Almuzara). Y, cuando la mayoría de la población se hizo sedentaria, cambió la forma: no se buscaba el fuego, ni la siembra. Se continuaba buscando el resultado del trabajo de la sociedades más avanzadas y con mayores riquezas naturales.

Eso han sido y son los imperios. Y eso es lo que ha hecho sitio a los estados, la depredación, la apropiación de territorios, con los más fútiles pretextos –tan inseguros de su razón, siempre han necesitado argucias- para justificar invasiones, intransigencia y genocidios. Los nacionalismos deben apoyarse mutuamente, resaltando aquello, aquel punto concreto que pueda ser común. Y deben tener las ideas claras, porque las diferencias ocasionadas por la economía, más aún las creadas por la explotación de recursos en una comunidad concreta, podrían mantenerse tras una hipotética independencia de ambos entes. La comunidad más rica, la que se beneficia de la explotación de recursos en otra, podría entender, o simular que entiende, que el apoyo dado y el recibido –sobre todo- le legitima a continuar explotándolos.

Es un equilibrio necesario en la necesaria cooperación entre comunidades; más, cuando aspiran a liberarse de una opresión, y aún más si esa opresión es común a ambas. El equilibrio está en prestar y recibir apoyo, sin olvidar que la liberación de la más pobre, sólo podrá serlo si también se libera de la más rica. Sí. Hay un equilibrio imposible de olvidar en el caso de las relaciones con otras comunidades. La gran diferencia estriba en que, en el de las relaciones con el Estado o metrópoli, poco hay que discutir: ya está todo visto y comprobado. Y soportado, es decir, sufrido.

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